miércoles, 2 de julio de 2014

Diàconos y Ministros.



Diáconos=ministros
           Atendiendo a la cita de Hechos 6.1ss y sobre todo guiados por el subtítulo de la versión RVR1960, pareciera ser que los diáconos tienen dentro de la iglesia una función limitada exclusivamente a actividades manuales de servicio, ayuda, administración, etc. 

No es así, porque estando también ellos llenos del Espíritu Santo desde antes que se les asignara la función de servir las mesas, estos -que fueron escogidos por la congregación y no por los apóstoles- también hacían grandes prodigios y señales entre el pueblo (Hechos 6.8). Así que esa vez fueron escogidos para esa función de administrar y ayudar; pero su “diakonia” no se limitaba al servicio de las mesas.

           La palabra griega “διακονιας” significa “ministerio”. Por lo tanto, siempre que en español encontremos la palabra ministerio o cualquier otra con la misma raíz gramatical, entendamos que está hablando de algo relacionado con los ministros. Así encontramos que Judas Iscariote tenía  el διακονια de ser apóstol (Hechos 1.17 y 25), que hubo algunos encargados de la “διακονιας” (ministración) diaria, y acerca de su desempeño como diáconos (ministros) hubo una queja (Hechos 6.1). Por lo tanto, para que los apóstoles no tuvieran qué dedicarse al  διακονια de las mesas (Hechos 6.2), se buscó a siete varones que ejercieran ese diaconado, o sea ministerio, a fin de que los apóstoles persistieran en el  διακονια de la palabra.

       En Hechos 11.29, los hermanos determinaron enviar una διακονιαν, es decir ministración, una ayuda, una ofrenda, un servicio a los santos de Jerusalén. En 12.25 Bernabé y Saulo cumplieron su διακονιαν (ministerio) de haber entregado la ofrenda. En 19.22 los dos que le ayudaban, eran διακονουντων (ministros). En 20.24 Pablo expresa que quería terminar su ministerio (διακονιαν).

 En 21.19 Pablo contó las cosas que Dios había hecho por medio de su διακονιας. En Romanos 11.13 Pablo afirma que honra su διακονιαν. En 15.25 y 31 Pablo fue a Jerusalén para διακονον la ofrenda a los santos.


           Romanos 12.7 podría estar traducido al español así: O si de ministración (διακονιαν), en ministrar (διακονια), o si de maestro, enseñando. En Romanos 13.4 el funcionario del gobierno es διακονος de Dios. Cristo Jesús es ministro (διακονον) de la circuncisión (15.8).

 El varón Estéfanas y su familia, se han dedicado a dar ministración (διακονιαν) a los santos, es decir siervos para la congregación (1ª. a Corintios 16.15). Los corintios son carta de Cristo ministrada (διακονηθεισα) por Pablo y Timoteo (2ª. a corintios 1.1). Pablo tenía el ministerio (διακονιαν)  de ser apóstol (2ª. a Corintios 4.1). En griego solo hay una palabra para “ministrar”  y “administrar” (8.19-20).

           Yo le había preguntado al Señor porqué el evangelio de Jesucristo menciona los requisitos que deben cumplir los diáconos –a quienes por tradición se les usa como ayudantes-; pero en ninguna parte hacía referencia a los requisitos de los “señores” ministros. Ahora esto queda ampliamente contestado al leer 1ª. a Timoteo 3.8-13, dándonos cuenta que la palabra “diáconos” aplica a obispos, ancianos, presbíteros, ministros; es decir a hombres y mujeres (v. 11) que hayan sido constituidos por Jesucristo con algún ministerio-diakonía (Efesios 4.11 y 1ª. a corintios 12.28). 

Otra prueba textual de la afirmación anterior es el caso en el que estando Pablo en Mileto, hace llamar a los ancianos de Éfeso, y cuando ya está hablando con ellos, los llama “obispos” (Hechos 20.17 y 28).
          Algunos ministros afirman que no puede haber diaconisas en la iglesia, ni siquiera para funciones manuales de servicio o administración (1ª. a Corintios 12.28 final), porque en la iglesia primitiva de Jerusalén solamente se nombraron varones como diáconos (Hechos 6.1ss).

 Ellos decidieron así, porque ni los 12 apóstoles, ni los demás apóstoles (1ª. a corintios 15.7), ni los otros ancianos (Hechos 15.6) habían recibido  la revelación de que con el evangelio de Jesucristo, los gentiles fueron hechos iguales a los judíos, y también las mujeres iguales a los varones (Gálatas 3.28). Pablo escribió acerca de esta revelación, aún después del primer concilio de Jerusalén (Hechos 15.1ss).


Saludos de corazón en el  Señor

jueves, 26 de junio de 2014

El Yugo desigual.



EL YUGO DESIGUAL

«Por qué no puedo casarme con mi novio? Admito que es agnóstico pero es de una buena familia, tiene muy buenos principios morales, es muy respetuoso y tiene una excelente trayectoria?» me preguntó una muchacha cristiana. Uno de los problemas más agobiantes en la Iglesia en todo el mundo es el yugo desigual, es decir cuando un cristiano forma un matrimonio o aun un noviazgo con una persona que no es de Cristo. La elección de su pareja es de vital importancia porque la decisión marcará el resto de su vida.

Recientemente un joven sudamericano nos escribió esta contestación a una carta de consejo: «Sus consejos me son muy útiles y me dan paz respecto a si voy a seguir o no con mi novia.  Lo único que no estoy de acuerdo es que no le parezca que una persona creyente se case con una no creyente, pues en uno de los libros del Nuevo Testamento dice que si su pareja es incrédula no la abandone pues puede que salve un alma».

¿Cómo podemos contestar a estas personas y a los miles de jóvenes con las mismas inquietudes, mostrando misericordia y al mismo tiempo siendo leal a las Escrituras? Dios nos dio la Biblia como nuestra autoridad para contestar cuestiones difíciles y no tenemos que depender de nuestras propias ideas, sentimientos o emociones.

En 2 Corintios Pablo nos da una orden (no una sugerencia) y luego hace una seria de preguntas: «No os unáis en lazo con los infieles, pues ¿qué asociación tiene la justicia y la iniquidad o qué comunión tiene la luz con las tinieblas? o, ¿qué armonía tiene Cristo con Belial, o qué tiene en común un creyente con un incrédulo?» (2 Co. 6:14-15). 

La mayoría estamos de acuerdo en que el matrimonio entre un cristiano y un inconverso está terminantemente prohibido por Dios. Todo creyente que contrae nupcias con una persona fuera de la familia de Dios, puede estar seguro de que está actuando contra la voluntad del Señor, cualesquiera que sean las circunstancias. Sin embargo, no estamos tan seguros del por qué.

Un día, me encontré con una joven que años atrás había sido parte del grupo juvenil que mi esposa y yo habíamos dirigido en Guadalajara, México. Me explicó que cuando era miembro del grupo de jóvenes pensaba que Dios no tenía otra cosa que hacer entonces decidió prohibir el casamiento entre un hijo de Dios y un inconverso. Con lágrimas en los ojos me confesó que ahora sí entendía por qué Dios prohíbe el matrimonio desigual.
 Sobretodo es para la felicidad de sus hijos.

Al contraer matrimonio las dos partes llegan a ser «una sola carne» (Ef. 5:31; Gn. 2:24). La frase «una sola carne» expresa antes que nada la relación sexual dentro del matrimonio. Pero el sentido completo se desarrolla más ampliamente con el correr de los años. El matrimonio es un enlace que involucra no solamente el cuerpo, sino también el alma y el espíritu.

La Biblia prohíbe el matrimonio mixto entre creyentes e inconversos porque no es posible desarrollar en forma plena la verdad de «una sola carne». No se puede unir el espíritu viviente del creyente y el espíritu muerto (sin Cristo) del inconverso. No hay ni habrá comunión espiritual (2 Co. 6:14,15). Por lo tanto, la comunicación se realiza solamente a nivel del «alma», la sala de controles de quien no conoce a Cristo.

Sin embargo cualquier padre, pastor o consejero que ha tenido que lidiar con una persona locamente enamorada de una persona inconversa sabe que existe un «amor» tan fuerte que está seguro de que su situación particular no está contemplada en la Biblia y abundan las  razones y excusas. Vamos a suponer que la mujer es la creyente.

«No hay jóvenes cristianos de mi edad en la iglesia».

«El es mucho mejor que la mayoría de los creyentes que conozco».

«Mi novio está de acuerdo en que nos casemos en la iglesia evangélica».

«He visto otros matrimonios que empezaron así y dio muy buen resultado».

«El no será estorbo para mi vida espiritual».

«Me dice que se va a convertir después de la boda».

«Me permitirá llevar a nuestros hijos a la Escuela Dominical»

«Tengo que casarme con él porque hemos tenido relaciones sexuales».

Como hemos mencionado, bajo cualquier circunstancia es pecado casarse con un incrédulo. Un cristiano por consiguiente está incapacitado para implorar la bendición de Dios sobre ese matrimonio.

En cuanto al argumento de que no hay jóvenes cristianos en la iglesia, quisiera aclarar tres puntos: a) Los solteros tienen que creer y confiar en las promesas del soberano Dios. «Mis ojos están puestos en ti.  Yo te daré instrucciones, te daré consejos, te enseñaré el camino que debes seguir.  No seas como el mulo o el caballo, que no pueden entender y hay que detener su brío con el freno y con la rienda, pues de otra manera no se acercan a ti» (Sal. 32:8-9 VP)
. b) Uno no está siempre limitado a los muchachos de su propia iglesia. Una excelente manera de conocer a chicos creyentes es en las actividades y campamentos interdenominaciones.
 c) Es mejor no casarse que casarse en contra de la voluntad de Dios. La soltería es una opción bíblica  (1Co.7).

Personalmente, no acepto la escapatoria de que los inconversos son « mejores que los creyentes». O algo anda mal con los jóvenes cristianos de esa iglesia (quizá no sean verdaderos cristianos), o el amor ha cegado los ojos de la parte interesada.

Es sorprendente que hay personas que todavía piensan que Dios le da la bendición a un yugo desigual con tal que se casen en la iglesia. No importa en qué iglesia se casen; si uno de los novios no es creyente   en Cristo el casamiento sigue siendo desobediencia.

En cuanto al argumento de que existen matrimonios mixtos exitosos, o bien que el inconverso se convierte al Señor después de la boda, lo que ocurrió con Fulano o Mengano no puede sentar precedentes y permitirme actuar de la misma manera. Mi fundamento es la Biblia, y allí claramente se afirma que tal unión es pecado. Más aun, por cada caso que por la misericordia de Dios ha resultado exitoso, cualquier pastor podrá mencionar 50 otros con resultados nefastos.  Es más, hemos visto que gran la mayoría de los inconversos que se casan con cristianos, nunca se convierten al Señor.

Existe una predilección de mandar al altar a una pareja que ha tenido relaciones íntimas. El matrimonio autoriza las relaciones sexuales, pero el mero hecho de tenerlas    o haberlas tenido no equivale a estar casado ni a que deba casarse con la otra parte. A primera vista Deuteronomio 22:28 quizá dé la idea de que una pareja de novios que cometen fornicación se deben casar y «relaciones sexuales igualan al
matrimonio». Sin embargo, este pasaje no trata el caso de una pareja de novios que consienten en tener relaciones íntimas.

 Por aquel pecado a la pareja le esperaba ser apedreada (Dt. 22:13-24).
Sino más bien se trata de una violación y el Antiguo Testamento en su intento de proteger a la mujer violada (nadie se casaría con ella) manda que el hombre se case con ella.

Cuando uno de los novios es inconverso he descubierto que un obstáculo es el testimonio del creyente. El hecho de que él o ella esté saliendo con un inconverso, da testimonio de que algo anda mal en su vida espiritual. Una linda muchacha que trabajaba en una de nuestras oficinas salía con un chico inconverso. Su padre, anciano de una iglesia evangélica, habló con ella; otro hombre de la iglesia le advirtió del error; yo le hablé y un compañero de nuestro equipo también la aconsejó. La joven sin embargo no nos quería escuchar.

«¡Qué importa, si no pienso casarme con él!» Le indiqué que si era el caso, estaba perdiendo el tiempo, tal como dice Jeremías: «Cavaron para sí cisternas rotas que no retienen agua» (2:13). No importa cuánta agua uno eche en una cisterna rota, no la retendrá, así que hacerlo es perder tiempo, esfuerzo y energía. Lo mismo sucede en una relación no bíblica‹uno está echando agua pero la cisterna está rota.
A pesar de todos los consejos, ella seguía de novia con ese muchacho. Un día el novio de nuestra secretaria por pura curiosidad entró en una carpa donde predicaban el evangelio.

 Se sentó, escuchó el mensaje y al terminar pasó al frente para recibir al Señor. Esto nada  tuvo que ver con el testimonio de la muchacha. Después de comprender todas las implicaciones de la decisión que había tomado, el joven terminó con su novia. Su explicación fue: «No quiero andar con una chica que, siendo cristiana, estaba de novia con un inconverso‹aunque el inconverso haya sido yo». La última vez que oí hablar de ellos, el muchacho caminaba fiel al Señor y ella se había casado con otro inconverso porque esperaba familia.

Aunque podemos tener muchos amigos, hay diferentes niveles de amistad.

a. Los conocidos. La relación se caracteriza por un contacto ocasional a nivel superficial. Es un trato a nivel general, que se da tanto con creyentes como con inconversos.

b. La amistad ligera. Este tipo de relación está basada en intereses o actividades comunes con vecinos, compañeros de trabajo, de escuela, etc. En este grado también podemos hacer amistad con personas cristianas e inconversas. Como sucede en el primer caso, nos brinda una buena oportunidad de evangelizar con nuestra vida y palabra a las personas que no conocen a Cristo.

c. La amistad familiar o de confianza. Esta relación se basa en los propósitos y metas de la vida que haya en común. Este nivel está cimentado en una amistad más profunda. Tal profundidad en la relación debe darse entre cristianos. Esta amistad podría conducir a los primeros pasos del noviazgo.

d. La amistad íntima. Es un compromiso espiritual muy profundo, de discipulado recíproco. En tal relación existe la libertad de corregirse mutuamente. Hay confianza total, y el propósito es desarrollar el carácter de Cristo. Idealmente aquí se incluyen las últimas etapas del noviazgo y el matrimonio. Los problemas surgen cuando invitamos a amigos inconversos a compartir una profundidad de nuestra vida que ellos realmente no pueden compartir  porque no son hijos de Dios.

Algo que pasa a menudo es que el novio inconverso alega convertirse a Cristo. Ello no es señal de que necesariamente deban marchar al altar.
Los dos tendrían que conocerse como creyentes, y el nuevo en la fe necesitaría tiempo para exhibir «frutos dignos de arrepentimiento» (Lc. 3:8) y crecer espiritualmente. Porque mucha veces se convierte a su novia o a su religión y no a Cristo.

Para el creyente ya envuelto en un yugo desigual, el siguiente paso es deshacer este noviazgo no bíblico. A veces no es tan sencillo romper aun el compromiso más superficial. Está la presión de los padres; el «no puedo vivir sin ella» del novio y la vergüenza ante familiares, quizá inconversos, que no entienden las normas bíblicas que gobiernan el matrimonio. Un noviazgo roto dejará un gran vacío en el corazón de los dos, pero con el tiempo ese creyente conocerá el gozo profundo que Dios da a los que le obedecen (1 Juan 3:22-24; 5:2,3).

Los líderes de la iglesia a esta altura tienen una seria responsabilidad para con el joven que rompió el noviazgo. Deberán instruirle sobre cómo rehacer su vida según los preceptos bíblicos, para que este problema no vuelva a suceder con esa persona ni con los demás jóvenes de la iglesia.

 Sugiero estudios sobre temas bíblicos en el grupo juvenil: ¿Cómo conocer la voluntad de Dios? ¿Con quién me casaré? ¿Qué es el verdadero amor? ¿Cómo prepararme para el matrimonio cristiano? ¿Cómo comportarse durante el noviazgo? ¿Cómo encontrar un compañero cristiano? El lugar de los padres en el proceso de elegir la pareja.

Otro problema se presenta cuando los novios insisten en casarse a pesar de los consejos de los líderes espirituales de la iglesia. ¿Debe el pastor celebrar tal boda?
Por lo general, cuando un pastor decide llevar a cabo la ceremonia en estas condiciones, sus razones son: 1) temor de perder la oportunidad de evangelizar al cónyuge inconverso después de la boda; 2) temor de que a pesar de todo los jóvenes vayan a otra iglesia; 3) temor a perder la membresía de la familia del novio cristiano. Es preciso que la iglesia conozca la postura del pastor en cuanto a este asunto, a fin de apoyarlo, y para que él no tenga que delinearla por vez primera bajo la presión de una crisis.

Para terminar quiero compartir una carta que recibí recientemente de una señora .
 «Hace doce años que estoy casada. Pero antes de casarme le había pedido consejo sobre mis relaciones con mi novio inconverso. Usted me respondió y me aconsejó enviándome las citas bíblicas para que yo pudiera leer lo que el Señor quiere para sus hijos.

 El resultado por no obedecer es triste y lamentable, dos vidas frustradas. Vivimos juntos, pero nuestros caminos no pueden ser iguales, ni nuestros deseos, ni nuestros anhelos, ni las distracciones, etc., tal como usted lo dice en su carta.

Espero que mi testimonio sirva para que todos los jóvenes cristianos escuchen la voz del Señor por medio de sus sabios consejos, y puedan ser felices en sus matrimonios.»


Bendiciones a tu vida

www.franciscojosemartinezg.blogspot.com

viernes, 30 de mayo de 2014

El Evangelio en la predicacion.



El evangelio presente en nuestra predicación.

He escuchado muchos sermones a lo largo de mi vida. He predicado también muchos sermones en los últimos nueve años de ministerio. Si se juzgara por cuántos sermones he escuchado o predicado, a estas alturas ya podría considerarme erudito en la materia, pero tengo que admitir que no es así. Todavía me es difícil preparar sermones que sean bíblicos, relevantes y empapados del evangelio.

En los últimos meses he estado reflexionando específicamente sobre esta última característica del sermón.  Me refiero a que el sermón esté bañado del evangelio. ¿Cómo es un sermón fundamentado en el evangelio? La verdad es que escucho (¡y a veces predico!) sermones que serían bien recibidos en una sinagoga o en un grupo de filántropos moralistas. Es decir, la “ofensa” de la cruz no está presente.  La necesidad de una relación creciente con Jesucristo no se establece o se da la impresión de que es una opción más entre otras cosas. El “evangelio” que se predica es una especie de listas de deberes que sin casi mencionar la obra de Cristo parecen decir: “Haz esto y Dios te aceptará”. Por supuesto, esta es una versión “pirata” del evangelio de la gracia de Dios en Jesucristo.

El problema básico con este tipo de sermones, no es que se digan cosas que no sean bíblicas, sino más bien es la actitud y la motivación con que se predican y el efecto correspondiente que tienen en el oyente. Generalmente, este tipo de sermones se comparten con una actitud profética en tiempos de abominación. El predicador se presenta como el profeta que viene a anunciar el juicio sobre la nación descarriada. 

Su voz, su porte, sus palabras sólo traen juicio y no mucha esperanza. También la lista de cosas para hacer se presenta en los sermones como requisitos para que el creyente sea aceptado por Dios. El mensaje que se comparte le dice al oyente, entre líneas, “si haces estas cosas, Dios te amará más”. Es decir, son listas de deberes fuera del contexto de la obra de reconciliación con Dios lograda por Cristo. La gente sale del culto quizá sintiéndose culpable, pero sin esperanza; con remordimiento pero sin arrepentimiento; con una lista de deberes, pero sin la motivación correcta para hacerlos; con buenas ideas, pero sin poder para cambiar.
A estos sermones les falta el ingrediente más fundamental: El Evangelio. Las buenas noticias de la gracia de Dios en Cristo para todos los que creen. El mensaje acerca del amor obstinado de Dios que convierte hijos de ira en hijos de Dios. El mensaje que dice que nuestra relación con Dios no depende de nuestro desempeño, sino de lo que Dios hace en nosotros en Cristo. Esto es, no se trata de una lista de deberes requeridos para que Dios nos ame, sino de nuestra respuesta obediente hecha posible por haber sido el objeto de tanto amor por parte de Dios en Cristo.


 Estamos, entonces, hablando de una actitud al predicar y una motivación para obedecer totalmente diferentes a la que solemos observar en nuestros sermones. No obedecemos para ser aceptados, sino porque hemos sido aceptados por gracia en Cristo, ahora queremos glorificar a Dios. Una lista de deberes sin tomar en cuenta la gracia de Dios forma buenos fariseos. El evangelio de la gracia, por su parte, logra vidas transformadas que anhelan agradar al Padre que los ama.

Para ayudarme a cuidar que los sermones estén bañados del evangelio, verifico que cumplan por los menos cinco aspectos básicos. Esta lista, por supuesto, no es exhaustiva, ni siquiera afirmo que es la lista más útil que pudiera existir; sin embargo la presento a continuación porque creo que puede ayudar a muchos, que como yo, estamos luchando para que el evangelio esté presente en nuestros sermones.

Buenas Noticias

A todos nos gustan las buenas noticias. El evangelio es precisamente eso. Las cosas ya no son como antes, Cristo vino a hacer la diferencia. Entonces, cuando prediques, comunica el mensaje pensando en que estás dando buenas noticias.  Esto lo comunicas no sólo con tus palabras sino con tu actitud y tono. Piensa cada vez que eres portador de buenas noticias. Dios no te manda a anunciar condenación, sino salvación en un mundo que ya no tiene esperanza. Tus oyentes no deben salir aplastados por la Palabra sino esperanzados por las buenas noticias que hay para todo aquel que está en una relación creciente con Cristo. Aunque hables del juicio o de la ira de Dios, la gente debe salir animada porque hoy es día de buenas noticias… Cristo es buenas noticias.

Gracia

La Reforma religiosa del siglo XVI recobró la verdad bíblica de que, de principio a fin, somos salvos por gracia. Pero no sé cuándo nos confundimos y comenzamos a pensar que la gracia es importante y necesaria sólo para la conversión; y que a partir de allí, el esfuerzo humano, la disciplina y las obras personales nos llevarían hasta el final del camino. No cabe duda que por eso hay en nuestras iglesias tantos fariseos modernos que piensan que Dios está fascinado con ellos porque cumplen la lista de expectativas y evitan la lista de prohibiciones. Aunque dicen que son salvos por gracia, viven como si la aceptación de Dios dependiera de sus méritos.

La gracia no sólo es necesaria para la conversión, sino también para la santificación. No podemos vivir sin la gracia que habilita a gente pecadora como nosotros para ser hijos de Dios. La gracia nos pone a todos al mismo nivel, no importa quién seas ni cuántos años tengas en el cristianismo, necesitas Su gracia hoy tanto como cuando estabas sin Cristo.  La diferencia entre la persona más despreciable de la humanidad y un servidor, simplemente, es la obra de la gracia de Dios en mi vida. La gracia echa fuera toda jactancia, orgullo, vanagloria y nos deja con un profundo sentido de asombro y gratitud por tantos favores recibido inmerecidamente.

Cuida que tus sermones reflejen la gracia prodigada por Dios en Jesucristo. La lista de deberes cristianos debe darse bajo el entendido de que es por la gracia obrando en nosotros que podemos realizarlos; que es la gracia la que nos asegura nuestra posición con Dios y no nuestra obediencia fiel; que la obediencia es el resultado de haber recibido la gracia de Dios y no la que nos procura un lugar con Él.

La gente necesita escuchar de la gracia de Dios no sólo para ser salva sino para vivir en Él. Está tan acostumbrada a poner por delante su desempeño como la base de su relación con Dios, que al principio no pueden vivir lo que dicen creer: “Somos salvos por gracia por medio de la fe… no es por obras para que nadie se gloríe”. Predicar con la gracia presente en nuestros sermones atraerá no sólo a los incrédulos, sino a los que han sido salvados por gracia.

Jesucristo

Si hay algo que hace distintivo al mensaje cristiano es, precisamente, Jesucristo. Si el mensaje no está fundamentado en la persona y obra de Jesucristo, ese mensaje quizá será un ramillete de ideas positivas, pero no será un mensaje cristiano. Jesucristo es el cumplimiento de toda la Escritura. No se puede hablar de ninguna parte de la Biblia sin tener que desembocar en la persona y obra redentora de Jesucristo.
Nuestros sermones deben resaltar Su persona y obra porque Él es el cumplimiento de todo lo que pudiéramos comentar o decir acerca de cualquier pasaje de la Escritura. De hecho, sin Él, ningún pasaje tiene sentido, ni vale la pena predicarlo. 

Si lo hiciéramos estaríamos solamente diciendo principios de espiritualidad como cualquier religión del mundo pagano. Jesucristo es quién hace que un mensaje sea inconfundiblemente cristiano.
No te permitas hablar de principios cristianos, ya sea del Antiguo o del Nuevo Testamento, sin filtrar todo lo que digas a través de la vida, muerte, resurrección y ascensión de nuestro Señor Jesús. Su obra no es algo accesorio en tu sermón sino su fundamento.

Arrepentimiento

El Evangelio está ligado al arrepentimiento. El llamado de la gracia es al arrepentimiento. El sacrificio de Jesucristo nos impulsa al arrepentimiento. No estamos hablando del remordimiento, sentimiento de culpa o incomodidad espiritual que no produce cambio en la vida. Estamos hablando del acto de humillarse delante del Dios de la gracia y abrazar por la fe las grandes promesas del Evangelio garantizadas por la obra de Jesucristo. Esta es la respuesta apropiada a la predicación de un sermón bañado del Evangelio.
Ese arrepentimiento no lo logra el volumen de la voz, las historias emotivas del predicador, ni la presión manipuladora del sentimiento de culpa.
 El experto en lograrlo es el Espíritu Santo, usando una exposición clara de las buenas noticias de la gracia de Dios a partir de cualquier pasaje de la Escritura. Alinea tus sermones con el Espíritu Santo para que la respuesta de la gente sea el arrepentimiento surgido del entendimiento de la gracia de Dios como se presenta en el Evangelio.

Transformación

El evangelio trae transformación de vida. Un sermón bañado del evangelio ofrece esa esperanza al oyente porque Jesucristo ha completado la obra de redención. El sermón no se trata de regaños para que la gente se componga, sino de mostrar la gracia abundante de Dios en Jesucristo que nos constriñe para un cambio de dentro para afuera.

El mismo predicador debe declararse necesitado de esa transformación progresiva. Nadie es un producto terminado; todos estamos en ese proceso de cambio. Con esa actitud, animamos a los oyentes a usar los recursos dados por Dios, los medios de gracia, para crecer confiados que el que comenzó la buena obra en nosotros la perfeccionará para el día de Jesucristo.

La transformación no se logra a base de pura disciplina, privaciones y esfuerzo humano; al igual que todo lo demás en la vida cristiana, es el resultado de la obra de gracia del Espíritu Santo en nosotros cuando usamos, confiados en la obra de Cristo, los medios que él ha provisto para nuestro crecimiento.

Por tanto, habla de los medios de gracia no como meros deberes y disciplinas que nos pondrán bien con Dios, sino como lo que son, bendiciones espirituales que nuestro Padre da para que crezcamos en la gracia de nuestro Señor Jesucristo.

Conclusión

Como dije, no es una lista exhaustiva, ni siquiera la más útil. Pero espero que a través de ella se exprese la importancia, urgencia y necesidad de que no prediquemos como si el evangelio no fuera real. 

Como si nuestro único mensaje fuera cuán molesto está Dios con su Pueblo; como si la gente tuviera que lograr la aceptación de Dios a base de esfuerzo personal; como si  Jesucristo no hubiera completado la obra de redención; como si ya no hubiera oportunidad para el arrepentimiento; como si tuviéramos el poder para cambiarnos a nosotros mismos sin la gracia de Dios. 
 No nos permitamos más ese tipo de sermones

. ¡Bañemos nuestros sermones con el glorioso Evangelio del Señor Jesucristo!
Bendiciones de Jesucristo a tu vida¡¡¡¡
www.franciscojosemartinezg.blogspot.com